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miércoles, enero 12, 2011

¿Irás y no volverás?

Recorro sin dientes el otoño

Al que llego a ti a destiempo.

Yo,

Te miraba abandonado por los dedos

Que respiraron vacíos a tu deriva nórdica,

Que imperfecto icé el tal vez a tu boca

Cuando despertaron tus pechos ajenos de tormenta.

A veces ocurres allá morosa

-frente al Mirablau-

Para cerrar la lengua sin otoño

De un verano humilde,

Noviado,

Fósil.

I

Desde ti nos sacude el mar

Sellando su puerta detrás del aire,

Como si procurara sobrevivirse contigo.

II

Quien espera tu respuesta

No espera nada

Si no tu andado

De hilo, las sombras,

En mi carne insurrecta.

III

Si tú te vas

Asomaré las ventanas

Desprendidas

A tu gobierno fugitivo,

Amueblando aquel julio

Habitado

De mundo por tu milagro.

jueves, agosto 05, 2010

Summer was absence

Saluda el viento
las palmeras al sol deseadas,
ya tus pies alejaron los mares,
no más el peso diurno
que tus pies adornaron
en Sitges.

El verano fue ausencia
aunque estuvieras presente,
cada escalón, cada paseo marítimo
fueron el diario de una despedida.

Ahí estabas,
aparición o espejismo oceánico,
tus ojos armando los horizontes,
tus manos cantando su adivinanza.

Te vi marchar un día claro,
habité desmoronado en tus ojos
mientras hacía señales de esperanza,
realmente me ahogaba.

Nos dimos paz y la paz se marchó contigo.
Tu silencio es un Mar en el Norte
que reconozco pero no conozco.

Desde que te fuiste
el mal agüero de las gaviotas,
esa sucia conspiración de los palomares
y el vértigo de hacer lo que quiera
aunque ya no quiera nada.

Habré de escribir
en la piel del mar
el amor que no llegué a tenerte,
y al oído del sol
pronunciaré en tu lengua
que debemos partir.

domingo, julio 18, 2010

Canción nórdica

Si comenzáramos por el principio,
antes habrían estado
de nuestro lado los mares,
hubiesen gobernado tus pies los caminos,
los años del Mediterráneo para nosotros.

No es que sea tarde,
dejamos pasar los relojes
que hacia la noche no podían dormir,
yo apunté mis manecillas a ti.

No es que no sepa decirte adiós
ni tampoco que no quiera dejarte ir,
no sé cómo ir siendo uno y no dos.

Nunca estuvo de nuestra parte
el sino, el momento o la coincidencia,
siempre fue hermosa tu ausencia,
la mía se quedó en el punto y aparte.

Si comenzáramos por el principio
estaría en Plaza Catalunya contigo,
pasaría el verano, llegaría el invierno,
tú y yo andaríamos las calles con abrigo.

Si comenzáramos por el principio,
Si comenzáramos...
Si comenzamos un nuevo principio...

lunes, junio 08, 2009

Bossa nova IV


Primer movimiento

Pasa el verano
como furiosa estampida
de palomas,
y este tambor trémulo
que sacude matutino
sus pies
sobre el agua hacia tus costas.

Han crujido
y les he visto crepitar
ahogados en su silencio
habitado,
les he nombrado
mientras acedan infinitos
mi lugar por la tierra,
no sabré si sobre su planta
y el aleteo propio
de su cansancio extraviado,
han derramado
ebrios y sin aliento
mi nombre atado
a sus azules huellas,
portuaria esperanza,

tus ojos.

Ya fueron en su vuelo,
en sus apretadas redes
que no son de mi dominio
todavía,
que dicen adiós antes del alba
y llegan tarde y marchan pronto
sin más palabras
ni explicaciones marítimas,
ya fueron ésas
las que saben de mis desiertos
la brújula, las tempestades,
las que atraigo a mi guarida
y bajo las cuales se demora
su cariño intermitente,

tus manos.

Habrás ido al mar,
a él perteneces.

Los que amamos
odiamos al tiempo,
porque quita
y otorga las amarras.

En este momento
no hay más que contemplar,
he roto todos los relojes
para que no me puedan alcanzar,

¿cuándo quebrarás los tuyos?
¿cuándo querrás hacerlo?

Iré al Mediterráneo
a llamarte con bengalas,
olas y cometas
y gritos pelícanos
y hombres comunes
y bicicletas.

Andando sobre la arena,
el musulmán que vende cervezas,
la policía que finge no ver nada,
los restaurantes y sus terrazas,
la mujer tras la cual perdí el horizonte,
el niño que grita por su padre,
las guitarras que sobreviven
a su espanto del mar,

¿dónde están tus pies?,
¿adónde irás con cada ola?

Ayer desperté,
he querido demasiado.


Segundo movimiento

¿Quién fue aquél
entre puerto y aventura
que entreabrió al vuelo
tus labios?

Vacilamos,
atrás dejé el Seine
y el Rhein,
allá los libros viejos
y sus vendedores ensimismados,
aquí los barcos
y su rastro de mecidas hojas.

Evito cruzar las Ramblas los domingos,
se pierde y se gana algo más que el tiempo,
las florerías y su falsa simplicidad,
la boquería aceda la garganta
con sus colores y aromas,
es todo lo que hay:

parejas que se dicen al oído
lo mismo de siempre y de otras maneras,
actores inmóviles esperando una moneda,
los turistas y su sopor despreciable.


Tercer movimiento

Pasaré el verano solo.
El pasillo mediterráneo llegará a Estambul,
tal vez a Jerusalem.

Abro la puerta al día y a la noche,
era ya tarde para hacer lo contrario.

Escribiré algunas cartas en Plaza Garibaldi;
en las costas de Barcelona me detendré
para mirarte ir y venir.

Los aeropuertos son lugares solitarios
habitados por desconocidos sin uniforme.

Pasaré el verano conmigo.

domingo, agosto 31, 2008

Fragmento de novela incompleta

Saudade
En la oscuridad aprendí a estar contigo, a compartir el filo del silencio, su aullido permanente. Te alargas lentamente en las noches, no puedo dormir, me niego. Cuando cierro los ojos y algo súbitamente me despierta, me da miedo volver a la cama o al sofá. Te siento cerca, abierta, incandescente. Huelo tu cabellera, siento tus pequeñas manos como minerales inventados, tu cuerpo en fuga con el mío. Miro tus labios, tus labios apretados seduciéndome, envenenándome, y tus pies son como peces en busca de mis pies fríos. Me quedo despierto porque no me atrevo a cerrar los ojos esta noche, no puedo decirte no. Doy registros y trazos sobre nosotros. Suena en toda la casa ese aullido mortal del silencio, como un alfiler clavándose interminablemente, despegándose de su sitio, viniendo hacia mí malévolo, ladrón.

No sé cómo alcanzar el sueño. Aprieto los párpados para no hallarte, pero terminan encontrándose fieles nuestras orillas como tensas fieras percibidas . Te escribí lo poco que puedo, porque pintarte se me ha negado esta noche:

Del último naufragio,
Eco eres.

Desde el puerto en desventura
Te miro marchar uncida del mundo.
Quién se atreviera a nadarte
Como una araña sumergiéndose
En su propia tela
Entretejiéndote
Ahorrándose,
Parapetándose a tu espacio.

Llamada ultramar
Arena día.

Desde tu silencio,
orillas de la lluvia.

He visto inocencia en tus ojos, el tumulto de flores abriéndose en ellos, la profunda boca de la noche se ha reflejado en tus ojos como una estampa descubierta por mi olfato. Te escucho hablar y cada palabra me llega en planos. Te huelo con ese sabor que tienes en el cabello cuando amaneces presumida. Me asomo a ti encontrándote. Muerdo tus labios con sed de muerto por despertar, tú me recibes abierta. Hoy pasaste tus dedos húmedos de rocío por tu mi boca. Te dije que habitáramos cada uno en el otro y contestaste que tenía residencia permanente en ti. Te fui sabiendo, escuché al aire nombrándote mía. Me llevaste ahí, entre las sombras, a la zona más oscura y nuestra. Tapaste mis ojos y rodaste, te tendiste cuan larga eres en mi vientre. Ya no eras frágil ni silencio.

Atracamos desde la mañana hasta que la tarde nos sorprendió olvidándola juntos.

Desperté abrazándote mientras tú fluías incansable. Al abrir los ojos notaste que espiaba tu sueño, sonreíste. Salimos a caminar de noche sin tomarnos de la mano, descubrimos el secreto del vuelo. Te dije después de la lluvia, al pie de las jardineras -mirando un charco -que las hojas caen de los árboles cuando tienen alas, no cuando el viento decide llevárselas. Se sienten palomas, confunden su propia naturaleza y adoptan tener alma de ave. Entran en crisis consigo mismas, por eso acaban en el suelo esperando a que alguien las recoja, alguien que las lleve de separador entre libros. No saben si son hoja, plumas sin pájaro, pájaros sin vuelo. Me miraste de lado, sin comprenderme. Te acercaste a mí, susurré que las hojas conservan sus alas para poder volar de nuevo y caer para que tú las vuelvas a tomar de la lluvia, porque ellas gustan de caricias en sus alas invisibles, sus diminutas plumas que nadie ve. Me gustan las hojas porque otras tantas se creen estrellas y vuelan alto, muy alto. Por eso hay tantas estrellas, porque ciertas hojas se estamparon ahí arriba en la mano gigantesca de alguien, lumínicas llagas. Otras hojas sólo son sombra y juegan en tu pantalón húmedo. Se creen mimos jugando a ser plantas y hojas, a ser verdes y con flores, pero no lo son, son lo que llevas entre tus manos, y sólo entonces se vuelven hojas, cuando las piensas y las desvistes en tu piel, mientras admiro cómo reverdece la naturaleza en tus ojos menudos, caprichosos.

Siento que tu alma se destripa por la mirada y la mía se recrudece sin querer cuando la regreso en un juego de lentos movimientos oculares y lunares. Hay complicidad absoluta entre nosotros que nos conocemos, aunque después de todo seamos extraños, los otros, nadie y nada. Naufragamos diariamente, pero por hoy nos sobrevivimos a la tempestad.

¡Mch!, ¡mch! Sonaste delante de mí, porque el deseo de un beso, de una caricia, un abrazo, se canalizaron en tu voz sumergida en cerveza y melodía. Recargado cerca de tu sexo, entre la ingle -punto de avance -y tu pubis -punto de revelación -, te presencié luciérnaga como el día que llegaste a mi patria esa noche de marzo o te conociera encendida en los pasillos y recodos de cada ciudad.

Esta vez son una almohada tus muslos, nos quedamos a media luz en tu casa, unos cuantos cojines y las sombras que se alegran con nuestros movimientos. Te percibo, tu piel se añade a mi silencio consumido. No sé cómo hacen tus dedos para enredarse tanto con las cuerdas del aire, después de todo acepté la idea de enseñarte a tocar guitarra. Intentaste tocar por horas y terminaste musicalizándome en tus dedos, precisos aún de insubordinado deseo.
Súbitamente has dejado de cantar, estamos. Tu voz gaviota. Mi soledad, asilo sin amarras.

De labios poco a poco hasta ti rodé fugitivo, sediento: en tu mundo encontré paraíso. Por tus rodillas comencé y de tus costas me ato a ellas. Te descifro una y otra vez entre tus muslos. Amiga, cómplice, insensatez. Es de madrugada, hace mucho frío. Apenas la cobija nos permite acomodarnos un poco en tanto nos separamos. Te vuelvo a abrazar, y quienes se tocan ahora son los distintos silencios entre la sala y las recámaras, los cuchillos de afilado tacto y el cajón que los abraza. Te volteas hacia mí, acaricias mi vientre. En tus manos habitan todas las lenguas del mundo. Amaino cuando me abrazas ceñida a mi cintura. Me miras con la poca luz que ha dejado la noche, me pides que te descubra cada sed, y sin embargo no nos movemos, somos estatuas que esperan florecer su carne y volverse amantes, como las hojas que juegan a ser hojas pero son pájaros. Tus ojos saben que les he dado poder y nombre con suma paciencia, los escucho llamarme al principio con coraje, más tarde con desenfreno. Terminan contrariándome limando su inocencia:


En ti me represento ávido, silente.

-Ardo desde tu fondo impasible
Amaneciendo a la deriva.
Sin un por qué
Te quiero,
Con un porque
Te odio.


Pasamos juntos el día entero, volvimos a forjarnos a voluntad. Sentí la lengua del aire pronunciarte, atestiguar tu aroma. Las jardineras te notaron impresa en el día. La verdad es que nunca antes habías estado tan presente como hoy. Jugabas con tu cabello mientras escuchábamos por los ojos todas las palabras del mundo. Estableciste transparentes raíces en mí, sin perder tiempo te sentí crecer como un golpe de mar. Arqueaste tu aroma ante mi impresión, lo desperdigaste durante toda la mañana. No quise aceptar que ya me sentía prisionero, mudo de besos te viví en mi tacto.

Aspiré tu tibio aliento. Apenas estuvimos juntos no pudimos separarnos, como cuando el aire encuentra la fragancia correcta, su peso y su medida. Soy desde que te supe, desde que me eres.
Esa mañana olías erótica. Sentí siseando lo inasible, era tu piel sin puerto, cada pliegue sin boca. Tus rodillas, tus brazos, todo en ti era cansancio, el cansancio que modera al deseo. Frágil, insaciable, poblé tus labios. Poco a poco llegamos a estar solos, tan nosotros, que el mundo era sólo una palabra con menos ruido cada vez que la pronunciábamos juntos. Quedé en silencio, amurallaste tu propio deseo. Pensé en morderte despacio, pero un dedo mío quedó en tu boca desplumando mis fantasías. Los días nunca se acostumbraron a las ganas de tenerte.
Momentos antes de la despedida rutinaria, me llevaste al pie de las jardineras, dijiste que me sentara a tu lado. Comenzaste a platicarme de tu vida, y pronto reconocí a tu aliento pidiéndome en secreto. Guardé honores a su impecable transparencia antes de atreverme a decir adiós o besarte, pero no pude continuar mi decisión, volviste a sorprenderme al decir: te quiero… Y no me conflictúa decírtelo.

La inercia inmediata fue desesperar en tus labios:

Sólo sé de ti,
Sólo sed de ti.

jueves, agosto 21, 2008

Mono-loquios

Algo que ya no fue
ni fuego ni aire,
últimas las palabras
ante la ruina
y todo abandonado,
lamida llaga
sin dientes ni coraza.

Consumida tristeza,
extinta espuma
que canina fue amada.

Distancia que acabó
de mi mirada
insondables hogueras.

Y nos gritamos:

¡Ya no más guerras!
¡Ya no más bruma!
¡Ya no más nada!

Buscábate llagado,
hundido en tu carne,
cristalina costra
como un círculo
ciego sin nombre.

Dolido de tu silencio,
oscuro traje
que roto canta
una amarga alegría.

El amor era
palabra inexpugnable,
ebrio rocío
sin tapias ni escaleras;
pero los besos
que no entienden las manos,
urgida noche
donde alcanzaba
tu rubia luz,
recibía tu estatua,
vacío desapego;
pero no has visto
qué calcinado voy.

Ruego que alguna noche
tengas piedad de ti,
sálvanos.

martes, julio 08, 2008

Contemplaciones

I

Cambiar de ciudad,
de idioma, de nombre,
de rostro.

Cambiar al mundo
sin cambiarte a ti.

Sin cambiarte
por nadie.

II

Veo cerrar los párpados
con un movimiento de labios
antes de llorar,
y si no supe decir adiós
no fue tu culpa.

Tengo que hablarte de México,
de esta amarga ciudad
que, en sus aristas hundida,
tiene acumuladas raíces:

está muriendo.

Voy a recorrerla,
prometo entenderla para nosotros,
para darte una distinta pero igual,
para tu vuelta, para tu salto de mundo
cuando el lugar que ocupe en Barcelona
lo ocupes tú con cien mil pares de zapatos,
las maletas que necesites,
los gatos que quieras.

III

Allá, hacia la florería,
bajo la lluvia,
golpes de abejas
descalzas.

Se iban tras el tranvía
sin manos nuestros besos.

El corazón no era otro
que apretado monosílabo,
muda fatiga.

martes, febrero 12, 2008

Soles de invierno - I




Había ido tras el rastro de hojas a lo largo de la calle, esquivando los pasos de la mujer que iba frente a él. Metió las manos al abrigo buscando un cigarrillo que nunca encontró. Del otro lado del río una pareja se besaba mientras temblaban de frío o de emoción. Respiró hondo, se resignó a entrar al primer café de la esquina y comprar una cajetilla.

Su ánimo no se encendió con el primer cigarrillo ni tampoco con el último. Miró hacia el Pont Neuf, ya era mediodía. Esperó sin esperar realmente, sabía que nadie vendría, mucho menos ella. Aquel sol de invierno entonces se alzó sobre los edificios iluminados más allá de la Tour Eiffel y su blanco espeso se pareció a las alas de aquellos pájaros que miró deslizarse sobre el agua del aire, cuando su madre lo llevó a ver por primera vez el mar.

Pensó rápidamente en todo el tiempo que había pasado en París, el bar donde tal vez perdió el pasaporte, la vecina franco-germana de dos pisos abajo que lo invitaba a su piso cada que lo veía a tomar el té, los amores inventados en Pigalle. Se meció los cabellos intentando hallar una respuesta. Sin desearlo realmente, más por azar que por necesidad, recordó algunos viejos amores que cayeron en su vida por coincidencia o por esmero. Giró su rostro hacia Notre Dame, algunos niños jugaban corriendo tras de sí, sin esquivar pasos, sin huir más que de sus risas y sus juegos. Me estoy haciendo viejo, pensó. No, no era eso. En aquel momento que creía que serían las canas o el recuerdo del mar que sintió por primera vez, no pensó jamás en esa mujer que esperaba sin esperar. Aquella que -irremisiblemente- había vuelto a amar y a desamar, aquella que volvía a él con los soles de invierno.