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martes, julio 08, 2008

Contemplaciones

I

Cambiar de ciudad,
de idioma, de nombre,
de rostro.

Cambiar al mundo
sin cambiarte a ti.

Sin cambiarte
por nadie.

II

Veo cerrar los párpados
con un movimiento de labios
antes de llorar,
y si no supe decir adiós
no fue tu culpa.

Tengo que hablarte de México,
de esta amarga ciudad
que, en sus aristas hundida,
tiene acumuladas raíces:

está muriendo.

Voy a recorrerla,
prometo entenderla para nosotros,
para darte una distinta pero igual,
para tu vuelta, para tu salto de mundo
cuando el lugar que ocupe en Barcelona
lo ocupes tú con cien mil pares de zapatos,
las maletas que necesites,
los gatos que quieras.

III

Allá, hacia la florería,
bajo la lluvia,
golpes de abejas
descalzas.

Se iban tras el tranvía
sin manos nuestros besos.

El corazón no era otro
que apretado monosílabo,
muda fatiga.

jueves, mayo 15, 2008

Fue la corteza del corazón...

Fue la corteza del corazón
árbol con patria y sin exilio.

"Él también respira
-apuntó hacia el océano
y bendita fue deseada-,
señalaste el fin de la tierra,
donde más allá del mar
no había sino espera
y oscura gloria.

Cayó Babel
pero nunca su raíz;
sucedieron ajenas palabras,
huérfanos verbos,
y aun así
sobre el agua
todos atamos nuestros nombres."

Ven conmigo,
sentenció su mano ala,
su ala verbo,
su verbo boca,
su boca hoja,
su hoja cielo.

Tomó mi mano
como un diccionario
que siempre ha conocido,
porque donde hay dos
no puede haber exilio
ni arrebatarse la patria.

Dijo sintiéndome
en la fatiga
donde es todas las mujeres:

El corazón respira.

miércoles, abril 16, 2008

L'espoir

Cuando te fuiste, la ciudad se quedó sola,
llena de mercados, de frutas,
de perros e histéricos coches,
habías paseado conmigo entre sus calles,
compraste dulces y les dejaste tu alegría,
porque mi tristeza es alegre,
su alegría consiste en esperar,
en andar por sus barrios
como andar por tu cuerpo.

Ahora que no estás,
no te fuiste por completo,
algo de tu sombra
quedó atada a la mía,
y aún encuentro tus cabellos
jugando a esconderse entre mi ropa.

Te espero más allá de esquinas y de libros,
te he esperado más allá océanos y ciudades,
te esperaré porque eres el fin del laberinto.

Cuando bajes del tren o a ti venga el tren,
cuando me beses y te lleves mi tristeza,
entenderé el intercambio amoroso
que hemos pactado en silencio:
tú te llevarás mi tristeza, porque es tuya,
no mía;
yo me llevaré tu dolor, porque es mío,
no tuyo;
pero nos quedaremos la alegría,
la que nos llama por teléfono en días de lluvia,
la que llora sentada sobre la cama su dicha,
la que unió nuestras manos
cuando todavía respiraba marzo,
aquella que te quiere aunque estés lejos,
ésta que comienza a amarte,
ésta que es en el espejo
todo lo que somos nosotros,
esa alegría es un minino,
esa alegría cae de los bosques,
esta alegría la vivieron tus padres,
la vivieron los míos,
la han sentido los trenes yendo y viniendo,
la tenemos tú y yo,
bajo su guardia
participas de mi día,
bajo su brazo
doy el deseo, el verbo y mi raigambre.