Como ciegos árboles
nos recorremos aun en las cenizas,
respiramos los sonidos de la carne,
besamos su aire a fatiga,
y andamos lentos en sus frutos,
mordemos sin dientes su plácida desmesura.
Pero miraste mi carne
y no te atrevías porque la sabías navaja.
Por eso bordaste cuerpo a cuerpo,
-como iluminada espuma-
el blando metal que persigo prisionero
hasta hallar a quemarropa tus senos,
mudos cómplices sin pies ni manos
bendecidos en su geografía,
y ya busco como una memoria
gimiendo al relámpago en su derrumbe.
Y miro tu carne en suspenso,
aventurero entre arcilla y barro.
Estamos expuestos a la mirada
que no tiene ya palabras,
al tacto imán que ha escrito
nuestras voces sobre la agonía,
a los cuerpos desprendidos
que han encontrado el pan
tras agotar el laberinto.
Miramos nuestra carne ciega,
todavía dudando, esperando
su suicidio bajo la ropa,
aun su gemido desarmado
recurre al alba
para llamarnos con su lenguaje
de redes y trampas de carne
en conjunto solitario.
lunes, febrero 25, 2008
viernes, febrero 22, 2008
Está todo entendido, belle
Escucho los discos viejos que no fueron nuestros,
hallo tu exilio involuntario, la maleta sin tu ropa,
guardo entre los libros las postales que nunca enviaste,
ahí sigue despatriada tu imagen sin boleto de vuelta.
A mi lado una guitarra ha estado ciega desde que te fuiste,
me quedé sin pies para llamarte; a veces soy el espacio que dejaste,
llagado aire que escurre entre los platos que odio acomodar,
así mi encono se abraza al peso de tu cuerpo todavía; a tu perfume,
a las madrugadas donde pasamos sin mirar atrás,
las noches incompletas, los paseos de tu mano, cuando buscabas
un cigarro y hallabas mis dedos tensos de buscar tus senos.
¿Recuerdas las caminatas nocturnas por Garibaldi?,
así sonaba mi arrebato, como esa plaza,
roto por fuera y encendido por dentro,
sonoro y oscuro; ahí empezaron tus palabras a perderse,
detrás de cada estatua, en la sonrisa de los borrachos,
algunas revueltas entre nuestras manos como palomas,
otras más bajo los parques de tu cuerpo, las arrancadas de mi sexo
porque no fueron mías, las del exilio, las que traicionaron
al desconocido que nunca tuvo culpa de mi asedio.
Ahora sé que debí acompañarte a Coyoacán, porque tu tiempo
estuvo desgranándose siempre; debimos buscar juntos
aquellas cartas que a mí no me enviarás con sol y nieve,
por eso ahora te echo de menos,
es lo único que me queda en reserva de hoy en adelante,
ya no hay excusas para esperarnos, falsos rencores que se fueron
como un otoño que pasó.
Estoy de tu lado, miro tu playera blanca, tu silencio,
tu descalza ausencia, las madrugadas sin alba,
los brazos donde no dormí, el perfume que robé,
las fotografías donde me llamarás con otro nombre,
los versos que él jamás leerá, tu caja de Pandora,
las palabras que nunca te dirá, porque nosotros,
los que ya deseamos, hemos comprendido
lo que hablaron las manos, lo que han acariciado los ojos,
lo que se han dicho los cuerpos sin palabras.
Estoy esperando sin perseguir, cerca de tu calle, entre la gente,
-te has ido-
escucho el disco de música al que llamo el nuestro.
hallo tu exilio involuntario, la maleta sin tu ropa,
guardo entre los libros las postales que nunca enviaste,
ahí sigue despatriada tu imagen sin boleto de vuelta.
A mi lado una guitarra ha estado ciega desde que te fuiste,
me quedé sin pies para llamarte; a veces soy el espacio que dejaste,
llagado aire que escurre entre los platos que odio acomodar,
así mi encono se abraza al peso de tu cuerpo todavía; a tu perfume,
a las madrugadas donde pasamos sin mirar atrás,
las noches incompletas, los paseos de tu mano, cuando buscabas
un cigarro y hallabas mis dedos tensos de buscar tus senos.
¿Recuerdas las caminatas nocturnas por Garibaldi?,
así sonaba mi arrebato, como esa plaza,
roto por fuera y encendido por dentro,
sonoro y oscuro; ahí empezaron tus palabras a perderse,
detrás de cada estatua, en la sonrisa de los borrachos,
algunas revueltas entre nuestras manos como palomas,
otras más bajo los parques de tu cuerpo, las arrancadas de mi sexo
porque no fueron mías, las del exilio, las que traicionaron
al desconocido que nunca tuvo culpa de mi asedio.
Ahora sé que debí acompañarte a Coyoacán, porque tu tiempo
estuvo desgranándose siempre; debimos buscar juntos
aquellas cartas que a mí no me enviarás con sol y nieve,
por eso ahora te echo de menos,
es lo único que me queda en reserva de hoy en adelante,
ya no hay excusas para esperarnos, falsos rencores que se fueron
como un otoño que pasó.
Estoy de tu lado, miro tu playera blanca, tu silencio,
tu descalza ausencia, las madrugadas sin alba,
los brazos donde no dormí, el perfume que robé,
las fotografías donde me llamarás con otro nombre,
los versos que él jamás leerá, tu caja de Pandora,
las palabras que nunca te dirá, porque nosotros,
los que ya deseamos, hemos comprendido
lo que hablaron las manos, lo que han acariciado los ojos,
lo que se han dicho los cuerpos sin palabras.
Estoy esperando sin perseguir, cerca de tu calle, entre la gente,
-te has ido-
escucho el disco de música al que llamo el nuestro.
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sábado, febrero 16, 2008
Correo
Ya sabía,
llegarías con el tiempo.
Veo tus fotografías,
cuento los días destronados.
Nunca quise ser tu amigo,
tampoco tú lo quisiste.
Hoy, sin razón,
comienzo a echarte de menos,
acusando con el corazón,
persiguiendo sin manos tus senos.
Echo de menos tu olor en la cocina,
el agua bajando por tus dedos,
el amor que nunca fue mío.
Te hablo desde mi ahora,
No sé qué decirte.
Palabras tengo muchas,
no sé cuáles son para ti.
llegarías con el tiempo.
Veo tus fotografías,
cuento los días destronados.
Nunca quise ser tu amigo,
tampoco tú lo quisiste.
Hoy, sin razón,
comienzo a echarte de menos,
acusando con el corazón,
persiguiendo sin manos tus senos.
Echo de menos tu olor en la cocina,
el agua bajando por tus dedos,
el amor que nunca fue mío.
Te hablo desde mi ahora,
No sé qué decirte.
Palabras tengo muchas,
no sé cuáles son para ti.
jueves, febrero 14, 2008
Soles de invierno - II
Durante algunas noches pensó en llamarla. Las calles que habían descubierto juntos ahora parecían desconocerlo. Encendió otro cigarillo, se dirigió a la terraza de un café cerca de Notre Dame y pidió un café. La mesera, una chica de veinte años que la noche anterior lo había visto pasar le atendió con familiaridad. Su cabello rubio recogido le hizo pensar en algunas otras mujeres con las que había intimado, nada personal. Ordenó un café aunque nunca le gustó realmente el sabor ni el efecto, simplemente porque nunca le quitó el sueño y lo hacía ir a mear continuamente. Las calles estaban mojadas, había llovido toda la noche anterior lentamente, como si tuviera pereza ese cielo apretado. Miró pasar de largo a una mujer de cabello castaño que pasaría desapercibida a no ser por un detalle: cuando el débil sol pasó sus dedos sobre ella, su cabello pareció tener un efecto tornasol, tintes negros y rojos entre paso y paso.
La mesera volvió con el café que había ordenado, él lo tomó sin prestarle mucha atención. Su mirada se quedó prendida de aquella mujer que pasó. Fue entonces cuando volvió a tener veinte años, vistiendo un abrigo corto de invierno, zapatos negros algo deslavados y un corte de cabello corto. Era el fin del otoño, casi amanecía. Los días anteriores no había hecho frío y la noche en cada momento era más clara. De chamarra negra y botas altas pasó entonces junto a él. Se detuvo.
- Disculpa, ¿tendrás mechero?- preguntó ella a quemarropa.
- Sí, claro.- asintió él mientras metía una mano al bolsillo del abrigo.
- Me pareces conocido, ¿no eres tú el chico de intercambio que toma un curso de periodismo conmigo?
En esos instantes el día clareaba, el Arco de cuchilleros abrió sus ojos para ellos. Él sonrió tímidamente ante la pregunta de ella.
- Joder, ¿acaso el frío te jodió la lengua, tío?- insistió ella acorralándolo.
- Es que no he dormido- contestó torpemente.
- Y bien, ¿cuál es tu nombre?
- Emiliano Díaz... ¿Y el tuyo?
Ella dio una calada honda al cigarrillo sin quitarle la mirada de encima, hizo una pausa mientras tragaba el humo y se acercaba a él.
- Seila Berger- respondió sacando apenas un hilo de humo que parecía más un suspiro.
Punteaba el alba. Ella dio media vuelta alzando la mano en señal de despedida sin saber que esa misma mano tiempo después llamaría a la puerta de Emiliano, esa misma mano tomaría la de él por primera vez, esa misma mano sería con la que acariciara su sexo, y esa misma mano sería la que pondría el punto final definitivo. Bajó las escaleras de la Plaza Mayor y se detuvo ante el inicio de la calle de Arcos de cuchilleros, la vio encaminarse hacia la calle de Cava Baja mientras el sol le daba por la espalda. La miró fijamente mientras se alejaba, sin atreverse a decir una sola palabra, cuando notó el tornasol de sus cabellos: de un castaño oscuro como la noche en invierno hasta un rojo apagado que por poco llegaba al guinda.
Él se quedó estático, con las manos frías. La vio partir imperturbable y en silencio. La ciudad despertaba, de pronto la calle se llenó de niños que van al colegio, de madres que van pensando en un futuro probable o fatuo, hombres que durmieron con otra mujer, viejos que sacan a pasear recuerdos y afables artistas callejeros, y entre todos ellos un chico de inerme corazón apretado.
martes, febrero 12, 2008
Soles de invierno - I
Había ido tras el rastro de hojas a lo largo de la calle, esquivando los pasos de la mujer que iba frente a él. Metió las manos al abrigo buscando un cigarrillo que nunca encontró. Del otro lado del río una pareja se besaba mientras temblaban de frío o de emoción. Respiró hondo, se resignó a entrar al primer café de la esquina y comprar una cajetilla.
Su ánimo no se encendió con el primer cigarrillo ni tampoco con el último. Miró hacia el Pont Neuf, ya era mediodía. Esperó sin esperar realmente, sabía que nadie vendría, mucho menos ella. Aquel sol de invierno entonces se alzó sobre los edificios iluminados más allá de la Tour Eiffel y su blanco espeso se pareció a las alas de aquellos pájaros que miró deslizarse sobre el agua del aire, cuando su madre lo llevó a ver por primera vez el mar.
Pensó rápidamente en todo el tiempo que había pasado en París, el bar donde tal vez perdió el pasaporte, la vecina franco-germana de dos pisos abajo que lo invitaba a su piso cada que lo veía a tomar el té, los amores inventados en Pigalle. Se meció los cabellos intentando hallar una respuesta. Sin desearlo realmente, más por azar que por necesidad, recordó algunos viejos amores que cayeron en su vida por coincidencia o por esmero. Giró su rostro hacia Notre Dame, algunos niños jugaban corriendo tras de sí, sin esquivar pasos, sin huir más que de sus risas y sus juegos. Me estoy haciendo viejo, pensó. No, no era eso. En aquel momento que creía que serían las canas o el recuerdo del mar que sintió por primera vez, no pensó jamás en esa mujer que esperaba sin esperar. Aquella que -irremisiblemente- había vuelto a amar y a desamar, aquella que volvía a él con los soles de invierno.
Su ánimo no se encendió con el primer cigarrillo ni tampoco con el último. Miró hacia el Pont Neuf, ya era mediodía. Esperó sin esperar realmente, sabía que nadie vendría, mucho menos ella. Aquel sol de invierno entonces se alzó sobre los edificios iluminados más allá de la Tour Eiffel y su blanco espeso se pareció a las alas de aquellos pájaros que miró deslizarse sobre el agua del aire, cuando su madre lo llevó a ver por primera vez el mar.
Pensó rápidamente en todo el tiempo que había pasado en París, el bar donde tal vez perdió el pasaporte, la vecina franco-germana de dos pisos abajo que lo invitaba a su piso cada que lo veía a tomar el té, los amores inventados en Pigalle. Se meció los cabellos intentando hallar una respuesta. Sin desearlo realmente, más por azar que por necesidad, recordó algunos viejos amores que cayeron en su vida por coincidencia o por esmero. Giró su rostro hacia Notre Dame, algunos niños jugaban corriendo tras de sí, sin esquivar pasos, sin huir más que de sus risas y sus juegos. Me estoy haciendo viejo, pensó. No, no era eso. En aquel momento que creía que serían las canas o el recuerdo del mar que sintió por primera vez, no pensó jamás en esa mujer que esperaba sin esperar. Aquella que -irremisiblemente- había vuelto a amar y a desamar, aquella que volvía a él con los soles de invierno.
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domingo, enero 20, 2008
Las Ardenas
Alzó los ojos, ya era de noche. Caminó lentamente entre las ramas y hojas caídas tratando de hacer el menor ruido posible. No se había duchado en días, la barba le había resultado molesta al principio y las uñas las tenía que cortar con los dientes aunque éstas estuvieran llenas de lodo y muerte. Caminó bajo los pinos por los cuales se filtraba la blanca luz de invierno, hasta que salió del bosque y pudo mirar el cielo. Tomó algunas notas, respiró el frío aire y regresó por donde había venido. A mitad del camino se escuchó como si el mundo se partiera. Corrió agachado sosteniendo el casco con la mano izquierda y con la otra mano apretó su Luger más por miedo que por bravía.
Las noches anteriores todo había estado más tranquilo. Había podido ir a jugar cartas con Dominik de lunes a sábado en el cuartel que había servido también como enfermería, sala de urgencias, taberna, prostíbulo, almacén de licores y de dormitorio improvisado para los altos mandos que no les agradaba pasar mala noche. Gastaba su dinero en cigarrillos, café, en tomar algo de licor y, cuando tenía suerte, en amores instantáneos. Esos días, que en aquel instante de terror parecían una terrible lejanía, fueron un consuelo: Había podido mirar las estrellas como cuando era niño a las afueras de Erfurt o como cuando las miraba con rigidez científica en la Universität de Heidelberg. Con la lluvia del último domingo recordó a Helli, su futura esposa. Recibía de ella cartas en el frente. La pensó yendo en bicicleta a casa después de una tarde desenhebrada entre sus cuerpos y promesas: La casa hecha de madera que compraría él cerca de Bonn, donde pudiera colaborar con el Centro de Investigaciones Astronómicas de la Universidad de Köln mientras Helli podría continuar sus estudios.
Aquel día en que aprendieron a dibujar las caricias, en el mismo momento en que Helli le prometía ser su mujer para toda la vida, un cartero pasaba por casa de Nico dejando la carta donde se le pedía que se presentara inmediatamente a prestar servicios a la patria. La carta especificaba que debía ir a la primera línea del frente en Bastogne como Apoyo Logístico en el área de Comunicaciones y Análisis de la Información. Lo único que deseaba Nico hacer en la vida era mirar el firmamento, su gusto por la astronomía no lo había perdido ni siquiera cuando sentía que le caían encima todas esas estrellas en largas noches de insomnio por los bombardeos. En cuanto lo llevaron a la línea de fuego se le encargó que por el día hiciera trabajo de reconocimiento y pronósticos climáticos. Al volver del reconocimiento, se sentaba solo en algún punto de las trincheras y escribía durante horas en una libreta. - Nico, ¿se puede saber qué tienes en esa libreta?- le preguntaba el Capitán Vollbrecht, un hombre alto y delgado, de cabello castaño y ojos azules. - Apuntes de astronomía, Señor-, respondía al capitán con la mirada limpia.
***
Ahora estaba solo. Se había alejado lo suficiente del frente como para perderlo de vista entre la nieve cuando un viento helado abrazó sus huesos y le echó contra la nieve. Pronto sintió un dolor corrosivo en el antebrazo y un color vivo cubrió copiosamente la blanca espesura. Un ensordecedor tiro de metralla se escuchaba a pocos metros de él. Cargó su MP40, cortó el cartucho. El corazón se le destrozaba de un lado a otro, nervioso. Un sudor pesado invadió su cuerpo, pero no moría. Se arrastró hasta una serie de arbustos que lo cubrían del escampado. Llegó con dificultades hasta la primera línea de Volksgrenadiers. Los escuchó gritar y miró a uno de ellos con el rostro pálido, aterrado e inmóvil mientras miraba la carne molida que había quedado de su torso. Nico saltó hacia la trinchera y encontró a otro soldado con el rostro hundido, de su carne rota emanaba aún algo caliente parecido al dolor.
El Capitán Vollbrecht, obedeciendo al Mariscal von Rundstedt, ordenó la retirada. Nico corrió sin saber a dónde ir apretando su brazo herido. Miró a su alrededor y vio cadáveres gritando, disparando, huyendo. Se escondió junto con otros tres soldados detrás de un Panzerkampfwagen Tiger que se había quedado sin combustible. La ofensiva de los aliados era tenaz. Nico y los tres soldados volvieron a correr hacia las últimas casas del pueblo. Ahí encontraron a cinco sobrevivientes del 7º y 15º ejército. Sin decirse nada, con la mirada clara y sin aliento, tomaron posiciones.
***
Faltaba poco para que una división norteamericana comenzara el asalto a las casas. Una a una iban cayendo, ardiendo, desmoronándose junto con quienes las defendían. Los soldados con los que compartía Nico aquellos minutos no tenían nombre, pero sí rostro. Rostros amargos, cobardes, fuera de sí. Escuchaban las explosiones, los gritos deshumanizados de un bando y otro. Nico imaginaba con cada grito cómo había terminado aquella vida, ¿de un disparo?, ¿por una explosión?, ¿cuerpo a cuerpo? En el fondo nunca quiso ir a la guerra, se arrepentía de estar ahí. Escucharon pasos fuera de la casa. En el primer piso, defendiendo la única entrada de puerta de madera, se habían colocado dos soldados que no llegaban ni a los veinte años. En el pasillo que terminaba en las escaleras que daban al piso de arriba se habían colocado otros dos soldados. Arriba quedaban los 3 con los que Nico había conseguido huir, otro soldado más a cargo de una MG-42 colocada en la parte superior de las escaleras, lista para disparar a cualquier enemigo que intentara subir y Nico, cerca del balcón.
- Nehmen Sie Ihre Positionen!-, gritó uno de los soldados que resguardaba la puerta.
- Angriff!-, gritó el segundo.
Se hizo un largo silencio de uno y otro lado de la puerta. Ésta se abrió. Nico escuchó el sonido de las MP40 y de las BAR norteamericanas. A los pocos segundos cesaron los disparos. Se volvió a escuchar silencio dentro de la casa. Nico sacó su libreta del uniforme. Se asomó al balcón y comenzó a escribir rápidamente. Escucharon pequeños pasos, como si alguien se escondiera. Algo pequeño, casi insignificante cayó al suelo y explotó. Los dos soldados que resguardaban el pasillo no tuvieron ni siquiera tiempo para gritar. Nico guardó su libreta. El soldado a cargo de la MG-42 cortó cartucho. Un soldado norteamericano, apenas asomó el rostro, fue hecho trizas. Las voces del fondo de las escaleras casi no se escuchaban. El ensordecedor sonido de la MG-42 se volvió a escuchar, y algunos tiros de las MP-40.
Cayó la noche.
***
Habían cesado los combates algunas horas. Los 5 sobrevivientes no se atrevían a abandonar el piso de arriba. Nico se ofreció de voluntario para bajar y ver qué pasaba. Cargó su arma y los demás lo miraban entre los claroscuros de la medianoche. Bajó las escaleras sin hacer el menor ruido. El pasillo parecía más largo de lo normal sin luz. Sintió que lo asfixiaban, que en cualquier momento escucharía una detonación o el brillo instantáneo, como una fotografía, de un disparo, pero nada sucedió. Se sentó al final del pasillo, recargando la cabeza contra la pared. Una mano suya sintió en el suelo algo extraño, lo tocó con ambas manos y probó un poco con la boca para saber qué era. Inmediatamente sintió repugnancia, le supo a metal. Eran las vísceras o pedazos de alguno de los muertos, no quiso imaginar si eran de alguno de sus compatriotas o de algún enemigo. Corrió fuera de la casa en plena noche, saliendo del pueblo. Dejó atrás sin avisar a los otros cuatro compañeros de armas. No supo qué fue de ellos.
***
A la mañana siguiente se encontró dormido entre una serie de árboles altos, había nevado nuevamente. Vio el largo amanecer que sucede bajo climas extremadamente fríos: colores rosas y naranjas mezclados con un blanco opaco. Volvió a escribir en su libreta. Con manuscrita temblorosa inició:
Meine liebe Helli,
Das ist jetzt so kalt, aber ich erinnere mich an unsere Körper nackt in der Mitte des Sommers zwischen dem Wald...
Al terminar de escribir sonrió para sí. El brazo le dolía poco, había dejado de sangrar la herida y sólo quedaba una enorme hinchazón rojiza. Echó de menos a Helli. La recordó frente al espejo, desnuda, absorbiendo toda la media luz de su habitación; recordó los largos paseos de mano de su madre cuando lo llevaba al bosque negro en Freiburg y a su padre arreglando su bicicleta. Se recostó sobre el suelo frío. La imagen de Helli, desnuda ante el espejo se quedó en sus ojos hasta que su piel se endureció junto a sus recuerdos.
***
Las noches anteriores todo había estado más tranquilo. Había podido ir a jugar cartas con Dominik de lunes a sábado en el cuartel que había servido también como enfermería, sala de urgencias, taberna, prostíbulo, almacén de licores y de dormitorio improvisado para los altos mandos que no les agradaba pasar mala noche. Gastaba su dinero en cigarrillos, café, en tomar algo de licor y, cuando tenía suerte, en amores instantáneos. Esos días, que en aquel instante de terror parecían una terrible lejanía, fueron un consuelo: Había podido mirar las estrellas como cuando era niño a las afueras de Erfurt o como cuando las miraba con rigidez científica en la Universität de Heidelberg. Con la lluvia del último domingo recordó a Helli, su futura esposa. Recibía de ella cartas en el frente. La pensó yendo en bicicleta a casa después de una tarde desenhebrada entre sus cuerpos y promesas: La casa hecha de madera que compraría él cerca de Bonn, donde pudiera colaborar con el Centro de Investigaciones Astronómicas de la Universidad de Köln mientras Helli podría continuar sus estudios.
Aquel día en que aprendieron a dibujar las caricias, en el mismo momento en que Helli le prometía ser su mujer para toda la vida, un cartero pasaba por casa de Nico dejando la carta donde se le pedía que se presentara inmediatamente a prestar servicios a la patria. La carta especificaba que debía ir a la primera línea del frente en Bastogne como Apoyo Logístico en el área de Comunicaciones y Análisis de la Información. Lo único que deseaba Nico hacer en la vida era mirar el firmamento, su gusto por la astronomía no lo había perdido ni siquiera cuando sentía que le caían encima todas esas estrellas en largas noches de insomnio por los bombardeos. En cuanto lo llevaron a la línea de fuego se le encargó que por el día hiciera trabajo de reconocimiento y pronósticos climáticos. Al volver del reconocimiento, se sentaba solo en algún punto de las trincheras y escribía durante horas en una libreta. - Nico, ¿se puede saber qué tienes en esa libreta?- le preguntaba el Capitán Vollbrecht, un hombre alto y delgado, de cabello castaño y ojos azules. - Apuntes de astronomía, Señor-, respondía al capitán con la mirada limpia.
***
Ahora estaba solo. Se había alejado lo suficiente del frente como para perderlo de vista entre la nieve cuando un viento helado abrazó sus huesos y le echó contra la nieve. Pronto sintió un dolor corrosivo en el antebrazo y un color vivo cubrió copiosamente la blanca espesura. Un ensordecedor tiro de metralla se escuchaba a pocos metros de él. Cargó su MP40, cortó el cartucho. El corazón se le destrozaba de un lado a otro, nervioso. Un sudor pesado invadió su cuerpo, pero no moría. Se arrastró hasta una serie de arbustos que lo cubrían del escampado. Llegó con dificultades hasta la primera línea de Volksgrenadiers. Los escuchó gritar y miró a uno de ellos con el rostro pálido, aterrado e inmóvil mientras miraba la carne molida que había quedado de su torso. Nico saltó hacia la trinchera y encontró a otro soldado con el rostro hundido, de su carne rota emanaba aún algo caliente parecido al dolor.
El Capitán Vollbrecht, obedeciendo al Mariscal von Rundstedt, ordenó la retirada. Nico corrió sin saber a dónde ir apretando su brazo herido. Miró a su alrededor y vio cadáveres gritando, disparando, huyendo. Se escondió junto con otros tres soldados detrás de un Panzerkampfwagen Tiger que se había quedado sin combustible. La ofensiva de los aliados era tenaz. Nico y los tres soldados volvieron a correr hacia las últimas casas del pueblo. Ahí encontraron a cinco sobrevivientes del 7º y 15º ejército. Sin decirse nada, con la mirada clara y sin aliento, tomaron posiciones.
***
Faltaba poco para que una división norteamericana comenzara el asalto a las casas. Una a una iban cayendo, ardiendo, desmoronándose junto con quienes las defendían. Los soldados con los que compartía Nico aquellos minutos no tenían nombre, pero sí rostro. Rostros amargos, cobardes, fuera de sí. Escuchaban las explosiones, los gritos deshumanizados de un bando y otro. Nico imaginaba con cada grito cómo había terminado aquella vida, ¿de un disparo?, ¿por una explosión?, ¿cuerpo a cuerpo? En el fondo nunca quiso ir a la guerra, se arrepentía de estar ahí. Escucharon pasos fuera de la casa. En el primer piso, defendiendo la única entrada de puerta de madera, se habían colocado dos soldados que no llegaban ni a los veinte años. En el pasillo que terminaba en las escaleras que daban al piso de arriba se habían colocado otros dos soldados. Arriba quedaban los 3 con los que Nico había conseguido huir, otro soldado más a cargo de una MG-42 colocada en la parte superior de las escaleras, lista para disparar a cualquier enemigo que intentara subir y Nico, cerca del balcón.
- Nehmen Sie Ihre Positionen!-, gritó uno de los soldados que resguardaba la puerta.
- Angriff!-, gritó el segundo.
Se hizo un largo silencio de uno y otro lado de la puerta. Ésta se abrió. Nico escuchó el sonido de las MP40 y de las BAR norteamericanas. A los pocos segundos cesaron los disparos. Se volvió a escuchar silencio dentro de la casa. Nico sacó su libreta del uniforme. Se asomó al balcón y comenzó a escribir rápidamente. Escucharon pequeños pasos, como si alguien se escondiera. Algo pequeño, casi insignificante cayó al suelo y explotó. Los dos soldados que resguardaban el pasillo no tuvieron ni siquiera tiempo para gritar. Nico guardó su libreta. El soldado a cargo de la MG-42 cortó cartucho. Un soldado norteamericano, apenas asomó el rostro, fue hecho trizas. Las voces del fondo de las escaleras casi no se escuchaban. El ensordecedor sonido de la MG-42 se volvió a escuchar, y algunos tiros de las MP-40.
Cayó la noche.
***
Habían cesado los combates algunas horas. Los 5 sobrevivientes no se atrevían a abandonar el piso de arriba. Nico se ofreció de voluntario para bajar y ver qué pasaba. Cargó su arma y los demás lo miraban entre los claroscuros de la medianoche. Bajó las escaleras sin hacer el menor ruido. El pasillo parecía más largo de lo normal sin luz. Sintió que lo asfixiaban, que en cualquier momento escucharía una detonación o el brillo instantáneo, como una fotografía, de un disparo, pero nada sucedió. Se sentó al final del pasillo, recargando la cabeza contra la pared. Una mano suya sintió en el suelo algo extraño, lo tocó con ambas manos y probó un poco con la boca para saber qué era. Inmediatamente sintió repugnancia, le supo a metal. Eran las vísceras o pedazos de alguno de los muertos, no quiso imaginar si eran de alguno de sus compatriotas o de algún enemigo. Corrió fuera de la casa en plena noche, saliendo del pueblo. Dejó atrás sin avisar a los otros cuatro compañeros de armas. No supo qué fue de ellos.
***
A la mañana siguiente se encontró dormido entre una serie de árboles altos, había nevado nuevamente. Vio el largo amanecer que sucede bajo climas extremadamente fríos: colores rosas y naranjas mezclados con un blanco opaco. Volvió a escribir en su libreta. Con manuscrita temblorosa inició:
Meine liebe Helli,
Das ist jetzt so kalt, aber ich erinnere mich an unsere Körper nackt in der Mitte des Sommers zwischen dem Wald...
Al terminar de escribir sonrió para sí. El brazo le dolía poco, había dejado de sangrar la herida y sólo quedaba una enorme hinchazón rojiza. Echó de menos a Helli. La recordó frente al espejo, desnuda, absorbiendo toda la media luz de su habitación; recordó los largos paseos de mano de su madre cuando lo llevaba al bosque negro en Freiburg y a su padre arreglando su bicicleta. Se recostó sobre el suelo frío. La imagen de Helli, desnuda ante el espejo se quedó en sus ojos hasta que su piel se endureció junto a sus recuerdos.
***
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Literatura bélica,
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sábado, enero 19, 2008
Helpless
Intento poner los acentos en las palabras correctas
para que halles una manera de alertar este vacío.
Siempre estuvimos sujetos a este nudo que nos hicimos,
la cantina donde olvidaste que jugabas a ser Penélope,
la cocina que miraba con sus cucharas y sus platos
tus manos blancas y sus jadeos.
Nuestro tiempo nunca fue nuestro,
aunque a veces amanecí atorado en tus jamases.
Paso de bruces y aún me asombro de no amarte,
aún me asombro cuando peinas tu mediodía,
y ahí, del otro lado y nocturno, enciendes mi agonía.
Lo sabes, he perseguido esa aurora que se hartó de esperar,
esa calle que de noche se parece más a mí,
llena de pasos y árboles desnudos,
hojas que brillan de pisarlas
y hojas que en su incendio han bebido
hasta pronunciarte.
En el claro de agua que acontece tu voz
despierto llagado para recibirte todavía,
y muy al sur del agrio fondo de nuestro nudo
aún sobreviven a nosotros los relámpagos de octubre.
para que halles una manera de alertar este vacío.
Siempre estuvimos sujetos a este nudo que nos hicimos,
la cantina donde olvidaste que jugabas a ser Penélope,
la cocina que miraba con sus cucharas y sus platos
tus manos blancas y sus jadeos.
Nuestro tiempo nunca fue nuestro,
aunque a veces amanecí atorado en tus jamases.
Paso de bruces y aún me asombro de no amarte,
aún me asombro cuando peinas tu mediodía,
y ahí, del otro lado y nocturno, enciendes mi agonía.
Lo sabes, he perseguido esa aurora que se hartó de esperar,
esa calle que de noche se parece más a mí,
llena de pasos y árboles desnudos,
hojas que brillan de pisarlas
y hojas que en su incendio han bebido
hasta pronunciarte.
En el claro de agua que acontece tu voz
despierto llagado para recibirte todavía,
y muy al sur del agrio fondo de nuestro nudo
aún sobreviven a nosotros los relámpagos de octubre.
viernes, enero 18, 2008
Bolero sin música
Un poco más,
y a lo mejor nos comprendemos luego.
-Álvaro Carrillo
y a lo mejor nos comprendemos luego.
-Álvaro Carrillo
No seré el que te despierte con los labios tras tu espalda,
el que coloque una nota antes de ir al trabajo,
el que acomode las rosas que nunca están,
el que te ayude a comprender este idioma.
No seré quien compre vino para tu mesa,
el que limpie de cabellos tu rostro,
el que te tome de la mano en Plaza Garibaldi,
el que te lleve a casa cuando la noche se alarga.
No seré quien baile contigo sin música,
el que descubra tu cuerpo distraído bajo la ropa,
el que te haga sentir que eres culpable,
el que tal vez te tuvo y nunca lo supo.
el que descubra tu cuerpo distraído bajo la ropa,
el que te haga sentir que eres culpable,
el que tal vez te tuvo y nunca lo supo.
Soy el que te quiso de alguna manera,
el que te echará de menos cuando encienda un cigarro,
el que intenta hablar algo que entiendas,
el que abraza dislocado tus destiempos.
el que te echará de menos cuando encienda un cigarro,
el que intenta hablar algo que entiendas,
el que abraza dislocado tus destiempos.
Seré quien no debes pronunciar,
el que para los demás nunca existió,
el que pudo haber dejado las llaves del hotel,
el que no volverás a ver.
el que para los demás nunca existió,
el que pudo haber dejado las llaves del hotel,
el que no volverás a ver.
Un poco más fue lo que faltó.
sábado, enero 12, 2008
Enero sin ti
Si te miro despertar, prendado a tu silencio,
una mano sobre tu rostro,
sin cabellos ni restos de sueño,
me quedaré con la imagen en las manos
hasta que el resto de la mañana intente borrarlo.
Esa mañana en que despiertes
-puesto en mi palma como fotografía-
ese instante, impreso y leído,
tu ser,
habrá de quedarse
aunque la mañana intente borrarlo.
El resto de la mañana
puede desdibujarnos,
el resto del día
que sea infinito,
el resto de nosotros
una mano sobre tu rostro,
sin cabellos ni restos de sueño,
me quedaré con la imagen en las manos
hasta que el resto de la mañana intente borrarlo.
Esa mañana en que despiertes
-puesto en mi palma como fotografía-
ese instante, impreso y leído,
tu ser,
habrá de quedarse
aunque la mañana intente borrarlo.
El resto de la mañana
puede desdibujarnos,
el resto del día
que sea infinito,
el resto de nosotros
contigo.
miércoles, diciembre 26, 2007
Jazz & blues
-Creo que podría liberar este dolor
Iván Ferreiro
(z)
Tu oscura voluntad
en algún punto de mí tiembla,
llagado por una impronunciable tristeza.
Amargo descubro tu rostro,
un aire de lo que fue y no ha sido
aceda algo distinto al dolor.
No llegaste hace poco
ni tampoco en el último avión,
te conozco con distintos nombres,
conozco tus manos claras,
atentas como el día,
las sé andaluzas o flamencas,
conozco tu fresco rubor
cuando decides amar.
(x)
Abres los ojos sin posible traducción,
por mi parte,
no tengo perdón ni arrepentimiento.
Aquello que llamas prohibición
lo nombra mi cuerpo sed,
y tu náutica nostalgia
ciñe sus llagas en mi lento escozor
falto de cariño
y aún en incendio.
(c)
En trémula borrasca
te cierras a mí,
has llorado placentera
indefinidamente hasta extinguirnos,
y tu nombre extranjero
será una casa de verano
que nunca habitaremos.
(q)
Has dicho no
pero no lo entiendo,
bajo tu sable pongo las manos
y me preguntas mirando al suelo
si tengo razón de arrinconarte
con los dedos bajo tu estampa.
Tengo esta urgencia
alada y catastrófica
donde busco agostarme
dentro de tu rencor,
y con esto
ya nos hemos condenado
a que no haya días venideros.
(f)
Llegaste de madrugada
y te fuiste
en el bajorrelieve de mi infancia,
aún te escucho rozando mis lágrimas
y tu largo adiós que ya había llorado,
porque aún era yo,
porque aún había éste,
porque te conocí al morder mi soledad,
porque me harté cada noche
de arrojarte por la mirada,
porque no te seguí a Canadá
pero sí te hallé en el Seine,
y porque hay tantas tardes como noches contigo
que se han agotado incansables
en agrios paseos
por Plaza Garibaldi.
(u)
Te odio.
Por años me repugnó saberte
hasta que allá, en Varadero,
varé toda la noche desconcertado.
Eras una larga isla,
arena que negoció mi melancolía.
Pasamos la noche por tus muelles,
pero los ahogados nunca salimos del mar,
porque a él nos has llevado.
(i)
Ah, la que desató la poesía desde su exilio en Montréal,
ah, la que tapió con cristales el dolor,
ah, la que desatendió su pasado en Coimbra,
ah, la que perdió un arete y ardió como faro de Flandes,
ah, las que me vieron partir del Este de Europa,
ah, la que arrójo sobre el Seine sus imprecisiones,
ah, la que ataba y desataba los crepúsculos de su cabello.
Auxilio:
aquí hay un herido.
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miércoles, diciembre 19, 2007
Reformulando a Owen
Uno: Luz
He velado armas toda la noche anterior
y tú no estás aquí.
Sujeto siempre a la tormenta,
a ese naufragio refugio agrio,
mis palabras son más oscuras
que las noches donde no has estado.
A cada verbo lo tomo por el sexo,
y a ciegas
somos la ribera,
la raya al fondo del día,
lo desprendido de las estaciones.
Dos: Agonía
El amor se dobla de cansancio,
pero ni las redes de los pescadores
ni la soledad salina de los marineros
lo comprendería.
Ah, recordar nunca fue pecado,
porque éste nunca ha existido.
Su silencio herido
pasó por cada canción.
Tres: Recuento
Ah, la que astilló de primaveras
el rumor del día
la inocencia;
ah, la que llagó su deseo
y dejó al agüacero
descalzo y sin sombrilla;
Ah, la que dio la espalda
y nunca escampó;
ah, la que amarró del mástil
a la hija perdida,
la que no correrá las cortinas
ni presentirá la hora de volver a casa,
la que no dormía, la que aullaba,
la que fue furiosa alevosía.
Cuatro: Travesía
El mar es un latido.
Es falso aprender a nadar,
debiera enseñarse
a tragar agua con los pulmones
y sonreír.
He velado armas toda la noche anterior
y tú no estás aquí.
Sujeto siempre a la tormenta,
a ese naufragio refugio agrio,
mis palabras son más oscuras
que las noches donde no has estado.
A cada verbo lo tomo por el sexo,
y a ciegas
somos la ribera,
la raya al fondo del día,
lo desprendido de las estaciones.
Dos: Agonía
El amor se dobla de cansancio,
pero ni las redes de los pescadores
ni la soledad salina de los marineros
lo comprendería.
Ah, recordar nunca fue pecado,
porque éste nunca ha existido.
Su silencio herido
pasó por cada canción.
Tres: Recuento
Ah, la que astilló de primaveras
el rumor del día
la inocencia;
ah, la que llagó su deseo
y dejó al agüacero
descalzo y sin sombrilla;
Ah, la que dio la espalda
y nunca escampó;
ah, la que amarró del mástil
a la hija perdida,
la que no correrá las cortinas
ni presentirá la hora de volver a casa,
la que no dormía, la que aullaba,
la que fue furiosa alevosía.
Cuatro: Travesía
El mar es un latido.
Es falso aprender a nadar,
debiera enseñarse
a tragar agua con los pulmones
y sonreír.
lunes, diciembre 10, 2007
Lately
Últimamente
he estado olvidando
tu rostro, la comida,
y después nuestra fiesta,
nuestra batalla,
al fondo de la cama.
Últimamente
no recuerdo tu amor,
tampoco tus temores,
sigo dejando
la ropa en el suelo,
conocí más mujeres
(mejores y peores),
seguramente
te habrán amado
de manera distinta,
en otro idioma.
Esta mañana
he temblado oscuro,
aún me derrumbo
sin gloria ni temor
cuando pienso tu sexo,
tal vez con otros,
-al fin estremecida-
pensaste en mí
y te vieron vacía,
tal vez estabas
conmigo, sosteniendo
mi cabeza, mirando
que ese otro no era yo.
Últimamente
intento no saber
cómo tu espacio
llegó a ocuparse;
supe de una mujer,
-sirena aparecida-
ebrio espectáculo
en el que nunca
encayé marinero;
otra más solitaria
estableció sus redes,
el día entero
ardía su cabello,
a veces era
incomprensible
su distancia, silencio,
su piel, un astillero
donde asirse un momento,
siempre fue hora de partir
con ella a lado.
Sí, hubo otra mujer,
menos clara y más triste,
me forjó, quemó,
donde al final del viaje
mi cuerpo preguntó por ti.
Ella me conoció hueco.
Tú también me conociste
despellejado en tu mirada.
he estado olvidando
tu rostro, la comida,
y después nuestra fiesta,
nuestra batalla,
al fondo de la cama.
Últimamente
no recuerdo tu amor,
tampoco tus temores,
sigo dejando
la ropa en el suelo,
conocí más mujeres
(mejores y peores),
seguramente
te habrán amado
de manera distinta,
en otro idioma.
Esta mañana
he temblado oscuro,
aún me derrumbo
sin gloria ni temor
cuando pienso tu sexo,
tal vez con otros,
-al fin estremecida-
pensaste en mí
y te vieron vacía,
tal vez estabas
conmigo, sosteniendo
mi cabeza, mirando
que ese otro no era yo.
Últimamente
intento no saber
cómo tu espacio
llegó a ocuparse;
supe de una mujer,
-sirena aparecida-
ebrio espectáculo
en el que nunca
encayé marinero;
otra más solitaria
estableció sus redes,
el día entero
ardía su cabello,
a veces era
incomprensible
su distancia, silencio,
su piel, un astillero
donde asirse un momento,
siempre fue hora de partir
con ella a lado.
Sí, hubo otra mujer,
menos clara y más triste,
me forjó, quemó,
donde al final del viaje
mi cuerpo preguntó por ti.
Ella me conoció hueco.
Tú también me conociste
despellejado en tu mirada.
miércoles, noviembre 28, 2007
Desapego
Ya había preparado
especias y sahumerios
para sobrevivir
tu no presencia,
había marcado con vidrios
en el calendario
decisiones y voluntades,
dejé escrito sobre el agua
todo lo que quise que supieras
entre tus piernas
subiendo hasta tu boca,
pero no he podido,
y no sé si pueda
con tu silencio.
He tomado paliativos
contra la espera,
para no arrastrarte conmigo
ni perseguir tu distancia,
incendié las naves
y dejé que el viento
cayera sobre mi derrota,
pero el alba es amarga
y la noche disforme,
ahí mi soledad
se apea,
se afea
y sonríe.
Esta mañana te he visto
con toda mi miseria entre las manos:
Una palabra rota
en mis ojos desde que te deseo,
una voz anclada en las manos,
tu nombre, tal vez,
una brújula que no te pertenece.
Esta noche me he visto
a tu lado desnudo:
No hay nada que respirar,
no somos nadie.
especias y sahumerios
para sobrevivir
tu no presencia,
había marcado con vidrios
en el calendario
decisiones y voluntades,
dejé escrito sobre el agua
todo lo que quise que supieras
entre tus piernas
subiendo hasta tu boca,
pero no he podido,
y no sé si pueda
con tu silencio.
He tomado paliativos
contra la espera,
para no arrastrarte conmigo
ni perseguir tu distancia,
incendié las naves
y dejé que el viento
cayera sobre mi derrota,
pero el alba es amarga
y la noche disforme,
ahí mi soledad
se apea,
se afea
y sonríe.
Esta mañana te he visto
con toda mi miseria entre las manos:
Una palabra rota
en mis ojos desde que te deseo,
una voz anclada en las manos,
tu nombre, tal vez,
una brújula que no te pertenece.
Esta noche me he visto
a tu lado desnudo:
No hay nada que respirar,
no somos nadie.
domingo, noviembre 25, 2007
To fade inside you
Estar dentro de ti,
desconocida, amiga,
desmoronarme,
presenciar tu derrumbe,
su líquida ceniza.
Sostener tus caderas,
su travesía
de barco a la deriva
bajo trémula marea,
perder la brújula
presenciando relámpagos,
y del relámpago
nosotros luz, la fuerza
astillada, feroz.
Un nudo en el cuerpo,
el tuyo mis amarras,
tus brazos, cruz,
tus muslos desmesura,
vértigo abismo
donde transita
un látigo, disparo,
cegado, seco.
To fade inside you,
like a word, like a bird
in the middle of the evening,
as fog in the hands.
Lleguemos desbandados,
humedecidos, agrios,
déjate caer
hasta la última gota,
because we don't need
any language
pour comprendre le plaisir,
pour feel lo inevitable,
pour fulfill us slowly,
por still and steal,
you und mir
only.
desconocida, amiga,
desmoronarme,
presenciar tu derrumbe,
su líquida ceniza.
Sostener tus caderas,
su travesía
de barco a la deriva
bajo trémula marea,
perder la brújula
presenciando relámpagos,
y del relámpago
nosotros luz, la fuerza
astillada, feroz.
Un nudo en el cuerpo,
el tuyo mis amarras,
tus brazos, cruz,
tus muslos desmesura,
vértigo abismo
donde transita
un látigo, disparo,
cegado, seco.
To fade inside you,
like a word, like a bird
in the middle of the evening,
as fog in the hands.
Lleguemos desbandados,
humedecidos, agrios,
déjate caer
hasta la última gota,
because we don't need
any language
pour comprendre le plaisir,
pour feel lo inevitable,
pour fulfill us slowly,
por still and steal,
you und mir
only.
jueves, noviembre 22, 2007
Deseo
¿Qué es el deseo?, ¿qué lo constituye?, ¿adónde nos lleva?, ¿desean lo mismo hombres y mujeres?
Estos apuntes de vuelo, iniciados originalmente como un proyecto sin rumbo determinado, es decir, desde un inicio supe desde dónde despegar y qué rutas de vuelo seguir, pero aún no es tiempo de aterrizar.
Durante estos días he reflexionado acerca del deseo (no pregunten por qué, eso está claro). El deseo, como acto, es violento. El deseo, como pensamiento, ilusión. Uno comienza deseando aquello que carece, pero que conoce. Se empieza por una suerte de sed vacilante que puede confundirse con el amor. Aquí me detengo porque, para seguir avanzando en el tema, hay que tener muy claro que son dos cosas totalmente distintas. Con esto no quiero decir que no se pueda desear y amar al mismo tiempo, por supuesto que es viable. Sin embargo, los seres humanos -y en especial en ciertas culturas y tradiciones como las latinoamericanas- suelen confundir el deseo del cuerpo del otro con el deseo de sentirse amado por el otro.
Una vez aclarado este punto, doy rienda suelta a una serie de ideas y desatinos que he tenido en los últimos días. Para comenzar, ¿qué es el deseo?, ¿qué sensación nos produce? No hay que negarlo, todos hemos sido víctimas -y victimarios- de esta lengua que soborna y quema al cuerpo. Es como sentir que toda la sangre corre en dirección opuesta, una sensación de espadas cayendo por la nuca, la interminable cólera que nos arrastra y empuja hacia el otro, y ahí vamos, atravesando sus desiertos, agonizando una y otra vez. Nuevamente pregunto, lectores: ¿qué es el deseo? Es, a mi parecer, aquello que necesitamos del otro, aquello que le rogamos y le exigimos al otro, aquella locura y trémula sensatez de sentirse vivo, porque el deseo invita a vivir, a vivirnos, a presenciar al otro.
El deseo nos lleva irremediablemente a la obsesión, a la frustración o al desembocamiento de fuerzas incluso desconocidas a nosotros mismos. Hablo de obsesión en un plano donde el deseante no se plantea otras vías de desear sino sólo una, se ciega a sí mismo, se habla a sí mismo, arma y juega con sus ideas en un círculo que no se atreve a abrir a nuevas posibilidades, en este caso el deseante no se vuelve más que una víctima de su propia incapacidad de comprender al deseo. De frustración hablamos cuando el deseo se queda en el pensamiento, en la idea y, por consiguiente, en la ilusión. El deseo para que exista, para que respire, debe ser pensamiento y acto. Si el deseo se estanca en el imaginario inerme de la timidez o la prohibición, la ilusión pronto muta a desilusión, por tanto se ve frustrado, lo que conlleva a la ira con uno mismo. El desembocamiento del deseo, a mi parecer, es lo más sano de los tres puntos. Es un círculo. Esto significa que es una mezcla de idea (donde comienza el deseo, la fantasía) y el acto (el llevar o intentar llevar el deseo a una realidad táctil). Todos hemos fantaseado con el otro o los otros que nos rodean. En este punto, es preciso mal parafrasear a Milan Kundera. En su libro "La insoportable levedad del ser", explica que por la calle uno puede ver y desear a los otros, es normal, es un acto común, eso es un deseo cualquiera. El deseo del amor es distinto, es querer dormir junto al otro. ¿Por qué dormir es más íntimo para Kundera y para muchos otros seres humanos? Porque el acto sexual es durante la vigilia (o eso quiero pensar, ya que he escuchado otras historias interesantes donde alguien se duerme y el otro aprovecha el momento), y durante la vigilia es posible defenderse, uno tiene la posibilidad de acariciar o de herir al otro. Durante el sueño no sucede lo mismo, si bien es un pacto con el otro compartir la cama o donde sea que se duerma, durante el sueño no hay medio posible de defensa. Es decir, uno está terriblemente indefenso ante el otro. El otro puede disponer de uno, y aquí está ese pacto que no se dice pero sí se aprueba de cerrar los ojos junto a otro. Cerrar los ojos, no mirar a nuestro alrededor, ya supone un soledad hacia nosotros mismos. Porque el abrir los ojos, mirar lo que está cerca, lo que está lejos, es acariciar las cosas, acariciar al otro sin que lo sepa. Ahora bien, el cuerpo descansa, de sí mismo y de los demás durante el sueño. No hay mecanismo de defensa ante una posible agresión. Esto, a mi parecer, es lo que explica Kundera en dos o tres líneas en su novela.
Los hombres desean y las mujeres también. Sin embargo, la educación hace que estos deseos, de ser simples ideas, pasen al acto de manera totalmente distinta. En una serie de misivas con un gran amigo de Ecuador, me afirmaba algo que no había podido expresar con mis propias palabras. El asunto en cuestión, el deseo. En resumen, las mujeres deciden cuando salir, cuando pasear, cuando besar, cuando tener sexo, cuando acariciar, pero también deciden cuándo abandonar. Es decir, la mujer tiene una capacidad de decisión en materia erótica, que no sólo la concede nuestra actual sociedad sino la historia, porque la mujer sacrifica más que el hombre cuando decide relacionarse. Esta capacidad de decisión le da poder a la mujer (no nos meteremos por el momento en cuestiones religiosas, que influyen muchísimo en este aspecto, según lo que se profese, además de que esos temas, al que suscribe, le provocan roña y mareos agudos).
Los hombres insisten, se acercan, buscan, hallan maneras de tender redes hacia las mujeres. Es complejo determinar hasta qué punto la mujer realmente decide. Para fines de este intento de ensayo, hablaremos en términos sencillos de que los hombres arriesgan más, pero si el lance sale bien, es decir, si "ligan" o la mujer cede a las pretensiones masculinas, éstos últimos no sacrifican nada.
He aquí lo importante: Mientras unos arriesgan, las otras sacrifican. Si alguien no está de acuerdo, es validísimo y me gustaría saber su opinión al respecto. Si a alguien se le ocurren más cosas entre hombre y mujer, favor de decirlas. No abundo por ahora en el tema ya que tendría que hablar de mi propio yo, y no sería muy sano ni para mí ni para el lector.
En conclusión (por el momento), el deseo se vuelve una metáfora de nuestras fantasías, y el acto, poderlo llevar a cabo, una búsqueda parecida a la sed y al naufragio, la soledad y la luz.
miércoles, noviembre 21, 2007
Poema para día lluvioso
Poner fin al deseo,
volver pájaro en perro,
hacer que una piedra ame,
hablar mordido.
Detener al deseo,
bajarle los calzones
a las estrellas,
saber de furia y mierda,
pero también
serena lejanía.
Que nadie toque
ni perturbe mi puerta,
que nadie venga
con rosas, nalgas,
ni nada que no sea
una canción,
un sueño viejo,
o una palabra honesta.
volver pájaro en perro,
hacer que una piedra ame,
hablar mordido.
Detener al deseo,
bajarle los calzones
a las estrellas,
saber de furia y mierda,
pero también
serena lejanía.
Que nadie toque
ni perturbe mi puerta,
que nadie venga
con rosas, nalgas,
ni nada que no sea
una canción,
un sueño viejo,
o una palabra honesta.
domingo, noviembre 18, 2007
Oración para tres
No mentiré,
más que tu compañía,
tus besos, manos, pies,
echo de menos
la taza de café,
tus labios cerca,
asomándose.
No mentiré,
no dejarás que mienta,
fuimos en la cocina
y de la noche
amantes monosílabos,
únicos, monocordes.
No mentirás,
testigo fui
de ciega desmesura,
tus dudas, desamores.
No mentirás,
no dejaré que mientas,
atestiguaste
mi dolor, mi abandono,
yo te ofrecí
todo y nada, la sed
con su terrible náusea,
tú me ofreciste
lid, perdonar,
pan sin promesas,
guerra sin tregua,
tempestad y naufragio,
el hoy y su después,
el pasado mañana
indeciso, pospuesto.
No mentiré,
ya volverás.
más que tu compañía,
tus besos, manos, pies,
echo de menos
la taza de café,
tus labios cerca,
asomándose.
No mentiré,
no dejarás que mienta,
fuimos en la cocina
y de la noche
amantes monosílabos,
únicos, monocordes.
No mentirás,
testigo fui
de ciega desmesura,
tus dudas, desamores.
No mentirás,
no dejaré que mientas,
atestiguaste
mi dolor, mi abandono,
yo te ofrecí
todo y nada, la sed
con su terrible náusea,
tú me ofreciste
lid, perdonar,
pan sin promesas,
guerra sin tregua,
tempestad y naufragio,
el hoy y su después,
el pasado mañana
indeciso, pospuesto.
No mentiré,
ya volverás.
martes, noviembre 13, 2007
De madrugada
Aquellos tiempos
que supimos llorar,
se han ido, corazón.
Hacia la madrugada
presiento tus caderas
y el largo olvido
que transita tus manos,
un violín por tu espalda
se abre a un llanto,
como si la piel
tuviera aliento,
y no sólo supiera
su idioma de caricias,
porque el deseo
ha encendido tu cuerpo
bajo la más amarga
de las premisas,
donde no ama uno, dos,
sino de tres la muerte
y sus bellas aristas.
De noche llegas
pero ya no te espero,
ya no persigo.
Hacia la madrugada
he visto encender
tus horizontes,
hemos bailado
como pájaros
describiendo el oleaje,
porque bajo tu aroma
y en picada
el asalto a tu cuello,
exquisita la guerra
volcánica y eléctrica.
Hacia la madrugada...
Sólo tu cuerpo.
que supimos llorar,
se han ido, corazón.
Hacia la madrugada
presiento tus caderas
y el largo olvido
que transita tus manos,
un violín por tu espalda
se abre a un llanto,
como si la piel
tuviera aliento,
y no sólo supiera
su idioma de caricias,
porque el deseo
ha encendido tu cuerpo
bajo la más amarga
de las premisas,
donde no ama uno, dos,
sino de tres la muerte
y sus bellas aristas.
De noche llegas
pero ya no te espero,
ya no persigo.
Hacia la madrugada
he visto encender
tus horizontes,
hemos bailado
como pájaros
describiendo el oleaje,
porque bajo tu aroma
y en picada
el asalto a tu cuello,
exquisita la guerra
volcánica y eléctrica.
Hacia la madrugada...
Sólo tu cuerpo.
jueves, noviembre 08, 2007
Ejercicio I
Que te escribo, volcando tus palabras,
los sonidos del cuerpo, tu tristeza,
y no estoy convencido, ligereza
como paz, como pan, y sin amarras.
--
Y escondidas, a punto de ser garras,
con disfraz de alegría o de pereza,
no me queda otro miedo, ¡qué entereza!,
¡qué bravura!... Resaca, falsas farras.
--
Acabemos con esto, en tu cama,
desgranemos el mundo, seamos vida,
avancemos eróticos la llama
--
que nos hunde, que invita, que asesina;
Ya desnuda, no digas que la que ama
bajo sábanas tristes es mi amiga.
domingo, noviembre 04, 2007
Ahora
Para ti me preparo,
Para pasar
Tranquilo tu abandono.
No pienso retrasar
Tu partida, tu adiós.
Mejor dame la mano
Pero sin besos dentro,
Sin contratos dispuestos,
Que estamos dando
El hoy, el cada día.
Puede que la distancia
Nos vuelva todavía
Aún más hermosos,
Perfectos monstruos
Que se encontraron
Con toda su miseria,
En un ahora
Donde ya simplemente
Se fosiliza
Desde el encuentro
Tu bienvenida,
Y al mismo tiempo,
Tus parques, la canción
Bajo tu cuerpo.
Para ti me preparo,
Para soltarte, amiga,
Pienso pasar
Ahora tu abandono
Sabiendo que sí existes.
Para pasar
Tranquilo tu abandono.
No pienso retrasar
Tu partida, tu adiós.
Mejor dame la mano
Pero sin besos dentro,
Sin contratos dispuestos,
Que estamos dando
El hoy, el cada día.
Puede que la distancia
Nos vuelva todavía
Aún más hermosos,
Perfectos monstruos
Que se encontraron
Con toda su miseria,
En un ahora
Donde ya simplemente
Se fosiliza
Desde el encuentro
Tu bienvenida,
Y al mismo tiempo,
Tus parques, la canción
Bajo tu cuerpo.
Para ti me preparo,
Para soltarte, amiga,
Pienso pasar
Ahora tu abandono
Sabiendo que sí existes.
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