Mostrando las entradas con la etiqueta Belle. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Belle. Mostrar todas las entradas

miércoles, abril 16, 2008

L'espoir

Cuando te fuiste, la ciudad se quedó sola,
llena de mercados, de frutas,
de perros e histéricos coches,
habías paseado conmigo entre sus calles,
compraste dulces y les dejaste tu alegría,
porque mi tristeza es alegre,
su alegría consiste en esperar,
en andar por sus barrios
como andar por tu cuerpo.

Ahora que no estás,
no te fuiste por completo,
algo de tu sombra
quedó atada a la mía,
y aún encuentro tus cabellos
jugando a esconderse entre mi ropa.

Te espero más allá de esquinas y de libros,
te he esperado más allá océanos y ciudades,
te esperaré porque eres el fin del laberinto.

Cuando bajes del tren o a ti venga el tren,
cuando me beses y te lleves mi tristeza,
entenderé el intercambio amoroso
que hemos pactado en silencio:
tú te llevarás mi tristeza, porque es tuya,
no mía;
yo me llevaré tu dolor, porque es mío,
no tuyo;
pero nos quedaremos la alegría,
la que nos llama por teléfono en días de lluvia,
la que llora sentada sobre la cama su dicha,
la que unió nuestras manos
cuando todavía respiraba marzo,
aquella que te quiere aunque estés lejos,
ésta que comienza a amarte,
ésta que es en el espejo
todo lo que somos nosotros,
esa alegría es un minino,
esa alegría cae de los bosques,
esta alegría la vivieron tus padres,
la vivieron los míos,
la han sentido los trenes yendo y viniendo,
la tenemos tú y yo,
bajo su guardia
participas de mi día,
bajo su brazo
doy el deseo, el verbo y mi raigambre.

viernes, febrero 22, 2008

Está todo entendido, belle

Escucho los discos viejos que no fueron nuestros,
hallo tu exilio involuntario, la maleta sin tu ropa,
guardo entre los libros las postales que nunca enviaste,
ahí sigue despatriada tu imagen sin boleto de vuelta.

A mi lado una guitarra ha estado ciega desde que te fuiste,
me quedé sin pies para llamarte; a veces soy el espacio que dejaste,
llagado aire que escurre entre los platos que odio acomodar,
así mi encono se abraza al peso de tu cuerpo todavía; a tu perfume,
a las madrugadas donde pasamos sin mirar atrás,
las noches incompletas, los paseos de tu mano, cuando buscabas
un cigarro y hallabas mis dedos tensos de buscar tus senos.

¿Recuerdas las caminatas nocturnas por Garibaldi?,
así sonaba mi arrebato, como esa plaza,
roto por fuera y encendido por dentro,
sonoro y oscuro; ahí empezaron tus palabras a perderse,
detrás de cada estatua, en la sonrisa de los borrachos,
algunas revueltas entre nuestras manos como palomas,
otras más bajo los parques de tu cuerpo, las arrancadas de mi sexo
porque no fueron mías, las del exilio, las que traicionaron
al desconocido que nunca tuvo culpa de mi asedio.

Ahora sé que debí acompañarte a Coyoacán, porque tu tiempo
estuvo desgranándose siempre; debimos buscar juntos
aquellas cartas que a mí no me enviarás con sol y nieve,
por eso ahora te echo de menos,
es lo único que me queda en reserva de hoy en adelante,
ya no hay excusas para esperarnos, falsos rencores que se fueron
como un otoño que pasó.

Estoy de tu lado, miro tu playera blanca, tu silencio,
tu descalza ausencia, las madrugadas sin alba,
los brazos donde no dormí, el perfume que robé,
las fotografías donde me llamarás con otro nombre,
los versos que él jamás leerá, tu caja de Pandora,
las palabras que nunca te dirá, porque nosotros,
los que ya deseamos, hemos comprendido
lo que hablaron las manos, lo que han acariciado los ojos,
lo que se han dicho los cuerpos sin palabras.

Estoy esperando sin perseguir, cerca de tu calle, entre la gente,
-te has ido-
escucho el disco de música al que llamo el nuestro.