jueves, febrero 14, 2008

Soles de invierno - II


Durante algunas noches pensó en llamarla. Las calles que habían descubierto juntos ahora parecían desconocerlo. Encendió otro cigarillo, se dirigió a la terraza de un café cerca de Notre Dame y pidió un café. La mesera, una chica de veinte años que la noche anterior lo había visto pasar le atendió con familiaridad. Su cabello rubio recogido le hizo pensar en algunas otras mujeres con las que había intimado, nada personal. Ordenó un café aunque nunca le gustó realmente el sabor ni el efecto, simplemente porque nunca le quitó el sueño y lo hacía ir a mear continuamente. Las calles estaban mojadas, había llovido toda la noche anterior lentamente, como si tuviera pereza ese cielo apretado. Miró pasar de largo a una mujer de cabello castaño que pasaría desapercibida a no ser por un detalle: cuando el débil sol pasó sus dedos sobre ella, su cabello pareció tener un efecto tornasol, tintes negros y rojos entre paso y paso.


La mesera volvió con el café que había ordenado, él lo tomó sin prestarle mucha atención. Su mirada se quedó prendida de aquella mujer que pasó. Fue entonces cuando volvió a tener veinte años, vistiendo un abrigo corto de invierno, zapatos negros algo deslavados y un corte de cabello corto. Era el fin del otoño, casi amanecía. Los días anteriores no había hecho frío y la noche en cada momento era más clara. De chamarra negra y botas altas pasó entonces junto a él. Se detuvo.


- Disculpa, ¿tendrás mechero?- preguntó ella a quemarropa.

- Sí, claro.- asintió él mientras metía una mano al bolsillo del abrigo.

- Me pareces conocido, ¿no eres tú el chico de intercambio que toma un curso de periodismo conmigo?


En esos instantes el día clareaba, el Arco de cuchilleros abrió sus ojos para ellos. Él sonrió tímidamente ante la pregunta de ella.


- Joder, ¿acaso el frío te jodió la lengua, tío?- insistió ella acorralándolo.

- Es que no he dormido- contestó torpemente.

- Y bien, ¿cuál es tu nombre?

- Emiliano Díaz... ¿Y el tuyo?


Ella dio una calada honda al cigarrillo sin quitarle la mirada de encima, hizo una pausa mientras tragaba el humo y se acercaba a él.


- Seila Berger- respondió sacando apenas un hilo de humo que parecía más un suspiro.


Punteaba el alba. Ella dio media vuelta alzando la mano en señal de despedida sin saber que esa misma mano tiempo después llamaría a la puerta de Emiliano, esa misma mano tomaría la de él por primera vez, esa misma mano sería con la que acariciara su sexo, y esa misma mano sería la que pondría el punto final definitivo. Bajó las escaleras de la Plaza Mayor y se detuvo ante el inicio de la calle de Arcos de cuchilleros, la vio encaminarse hacia la calle de Cava Baja mientras el sol le daba por la espalda. La miró fijamente mientras se alejaba, sin atreverse a decir una sola palabra, cuando notó el tornasol de sus cabellos: de un castaño oscuro como la noche en invierno hasta un rojo apagado que por poco llegaba al guinda.


Él se quedó estático, con las manos frías. La vio partir imperturbable y en silencio. La ciudad despertaba, de pronto la calle se llenó de niños que van al colegio, de madres que van pensando en un futuro probable o fatuo, hombres que durmieron con otra mujer, viejos que sacan a pasear recuerdos y afables artistas callejeros, y entre todos ellos un chico de inerme corazón apretado.


1 comentario:

Unknown dijo...

guauuu,me sorprende siempre ese estilo tan despojado que tenes para relatar.
amigo,hoy solo queria recordartelo,precioso relato.
besos