domingo, agosto 31, 2008

Fragmento de novela incompleta

Saudade
En la oscuridad aprendí a estar contigo, a compartir el filo del silencio, su aullido permanente. Te alargas lentamente en las noches, no puedo dormir, me niego. Cuando cierro los ojos y algo súbitamente me despierta, me da miedo volver a la cama o al sofá. Te siento cerca, abierta, incandescente. Huelo tu cabellera, siento tus pequeñas manos como minerales inventados, tu cuerpo en fuga con el mío. Miro tus labios, tus labios apretados seduciéndome, envenenándome, y tus pies son como peces en busca de mis pies fríos. Me quedo despierto porque no me atrevo a cerrar los ojos esta noche, no puedo decirte no. Doy registros y trazos sobre nosotros. Suena en toda la casa ese aullido mortal del silencio, como un alfiler clavándose interminablemente, despegándose de su sitio, viniendo hacia mí malévolo, ladrón.

No sé cómo alcanzar el sueño. Aprieto los párpados para no hallarte, pero terminan encontrándose fieles nuestras orillas como tensas fieras percibidas . Te escribí lo poco que puedo, porque pintarte se me ha negado esta noche:

Del último naufragio,
Eco eres.

Desde el puerto en desventura
Te miro marchar uncida del mundo.
Quién se atreviera a nadarte
Como una araña sumergiéndose
En su propia tela
Entretejiéndote
Ahorrándose,
Parapetándose a tu espacio.

Llamada ultramar
Arena día.

Desde tu silencio,
orillas de la lluvia.

He visto inocencia en tus ojos, el tumulto de flores abriéndose en ellos, la profunda boca de la noche se ha reflejado en tus ojos como una estampa descubierta por mi olfato. Te escucho hablar y cada palabra me llega en planos. Te huelo con ese sabor que tienes en el cabello cuando amaneces presumida. Me asomo a ti encontrándote. Muerdo tus labios con sed de muerto por despertar, tú me recibes abierta. Hoy pasaste tus dedos húmedos de rocío por tu mi boca. Te dije que habitáramos cada uno en el otro y contestaste que tenía residencia permanente en ti. Te fui sabiendo, escuché al aire nombrándote mía. Me llevaste ahí, entre las sombras, a la zona más oscura y nuestra. Tapaste mis ojos y rodaste, te tendiste cuan larga eres en mi vientre. Ya no eras frágil ni silencio.

Atracamos desde la mañana hasta que la tarde nos sorprendió olvidándola juntos.

Desperté abrazándote mientras tú fluías incansable. Al abrir los ojos notaste que espiaba tu sueño, sonreíste. Salimos a caminar de noche sin tomarnos de la mano, descubrimos el secreto del vuelo. Te dije después de la lluvia, al pie de las jardineras -mirando un charco -que las hojas caen de los árboles cuando tienen alas, no cuando el viento decide llevárselas. Se sienten palomas, confunden su propia naturaleza y adoptan tener alma de ave. Entran en crisis consigo mismas, por eso acaban en el suelo esperando a que alguien las recoja, alguien que las lleve de separador entre libros. No saben si son hoja, plumas sin pájaro, pájaros sin vuelo. Me miraste de lado, sin comprenderme. Te acercaste a mí, susurré que las hojas conservan sus alas para poder volar de nuevo y caer para que tú las vuelvas a tomar de la lluvia, porque ellas gustan de caricias en sus alas invisibles, sus diminutas plumas que nadie ve. Me gustan las hojas porque otras tantas se creen estrellas y vuelan alto, muy alto. Por eso hay tantas estrellas, porque ciertas hojas se estamparon ahí arriba en la mano gigantesca de alguien, lumínicas llagas. Otras hojas sólo son sombra y juegan en tu pantalón húmedo. Se creen mimos jugando a ser plantas y hojas, a ser verdes y con flores, pero no lo son, son lo que llevas entre tus manos, y sólo entonces se vuelven hojas, cuando las piensas y las desvistes en tu piel, mientras admiro cómo reverdece la naturaleza en tus ojos menudos, caprichosos.

Siento que tu alma se destripa por la mirada y la mía se recrudece sin querer cuando la regreso en un juego de lentos movimientos oculares y lunares. Hay complicidad absoluta entre nosotros que nos conocemos, aunque después de todo seamos extraños, los otros, nadie y nada. Naufragamos diariamente, pero por hoy nos sobrevivimos a la tempestad.

¡Mch!, ¡mch! Sonaste delante de mí, porque el deseo de un beso, de una caricia, un abrazo, se canalizaron en tu voz sumergida en cerveza y melodía. Recargado cerca de tu sexo, entre la ingle -punto de avance -y tu pubis -punto de revelación -, te presencié luciérnaga como el día que llegaste a mi patria esa noche de marzo o te conociera encendida en los pasillos y recodos de cada ciudad.

Esta vez son una almohada tus muslos, nos quedamos a media luz en tu casa, unos cuantos cojines y las sombras que se alegran con nuestros movimientos. Te percibo, tu piel se añade a mi silencio consumido. No sé cómo hacen tus dedos para enredarse tanto con las cuerdas del aire, después de todo acepté la idea de enseñarte a tocar guitarra. Intentaste tocar por horas y terminaste musicalizándome en tus dedos, precisos aún de insubordinado deseo.
Súbitamente has dejado de cantar, estamos. Tu voz gaviota. Mi soledad, asilo sin amarras.

De labios poco a poco hasta ti rodé fugitivo, sediento: en tu mundo encontré paraíso. Por tus rodillas comencé y de tus costas me ato a ellas. Te descifro una y otra vez entre tus muslos. Amiga, cómplice, insensatez. Es de madrugada, hace mucho frío. Apenas la cobija nos permite acomodarnos un poco en tanto nos separamos. Te vuelvo a abrazar, y quienes se tocan ahora son los distintos silencios entre la sala y las recámaras, los cuchillos de afilado tacto y el cajón que los abraza. Te volteas hacia mí, acaricias mi vientre. En tus manos habitan todas las lenguas del mundo. Amaino cuando me abrazas ceñida a mi cintura. Me miras con la poca luz que ha dejado la noche, me pides que te descubra cada sed, y sin embargo no nos movemos, somos estatuas que esperan florecer su carne y volverse amantes, como las hojas que juegan a ser hojas pero son pájaros. Tus ojos saben que les he dado poder y nombre con suma paciencia, los escucho llamarme al principio con coraje, más tarde con desenfreno. Terminan contrariándome limando su inocencia:


En ti me represento ávido, silente.

-Ardo desde tu fondo impasible
Amaneciendo a la deriva.
Sin un por qué
Te quiero,
Con un porque
Te odio.


Pasamos juntos el día entero, volvimos a forjarnos a voluntad. Sentí la lengua del aire pronunciarte, atestiguar tu aroma. Las jardineras te notaron impresa en el día. La verdad es que nunca antes habías estado tan presente como hoy. Jugabas con tu cabello mientras escuchábamos por los ojos todas las palabras del mundo. Estableciste transparentes raíces en mí, sin perder tiempo te sentí crecer como un golpe de mar. Arqueaste tu aroma ante mi impresión, lo desperdigaste durante toda la mañana. No quise aceptar que ya me sentía prisionero, mudo de besos te viví en mi tacto.

Aspiré tu tibio aliento. Apenas estuvimos juntos no pudimos separarnos, como cuando el aire encuentra la fragancia correcta, su peso y su medida. Soy desde que te supe, desde que me eres.
Esa mañana olías erótica. Sentí siseando lo inasible, era tu piel sin puerto, cada pliegue sin boca. Tus rodillas, tus brazos, todo en ti era cansancio, el cansancio que modera al deseo. Frágil, insaciable, poblé tus labios. Poco a poco llegamos a estar solos, tan nosotros, que el mundo era sólo una palabra con menos ruido cada vez que la pronunciábamos juntos. Quedé en silencio, amurallaste tu propio deseo. Pensé en morderte despacio, pero un dedo mío quedó en tu boca desplumando mis fantasías. Los días nunca se acostumbraron a las ganas de tenerte.
Momentos antes de la despedida rutinaria, me llevaste al pie de las jardineras, dijiste que me sentara a tu lado. Comenzaste a platicarme de tu vida, y pronto reconocí a tu aliento pidiéndome en secreto. Guardé honores a su impecable transparencia antes de atreverme a decir adiós o besarte, pero no pude continuar mi decisión, volviste a sorprenderme al decir: te quiero… Y no me conflictúa decírtelo.

La inercia inmediata fue desesperar en tus labios:

Sólo sé de ti,
Sólo sed de ti.

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