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lunes, julio 05, 2010

Llacuna

Las playas son el cuerpo terreste del mar,
su minúscula extensión de abrazadas huellas
por donde se derogan ansiados los días,
por donde se atrasan, despistados, los adioses.

Así las palabras prolongan
en su movimiento de alas,
los bordes y misterios de los labios,
anuncian o amenazan el beso,
y su manifestación no es sino la rúbrica
de un acto que comenzó con el verbo.

Una despedida no debiera comprenderse
desde el final,
debe temerse
desde el principio
de todo,
cuando dos dejan de ser
el uno y el otro.

Las playas son aquella piel sacudida
que los mares, cansados de jugar,
tienden al sol.

Los adioses son la caricia enunciada
en el llanto, cuando las manos
celebran su danza de separación,
es el estancamiento mutuo
de aquello que será, no lo que fue,
paraísos donde cada día
fue un reino diferente.

Si una distraída despedida,
si el llanto amenazara,
si del imperio el fin llegara,
me prolongaría como la mar
hacia el otro,
dejaría abrazarme por sus huellas
y volveríamos juntos,
allá lejos,
con la última ola.